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Amada mía

¡Oh, amada mía,
qué imaginación podría concebir
cuánto os echo yo a faltar
o cual titán es mi sufrir!
Ésta, mi soledad,
se apodera, ahora, de mí
y esta vida mía,
caída en lobreguez,
enferma es
desde que os vió partir.

La soledad, ¡ay, mi soledad!,
con yugo irreductible,
y (¡¡maldita!!) sin piedad,
se ha aposentado
cual cualidad para este corazón mío,
ahora, desolado;
o cual expresión para estos, mis ojos,
ahora, vivamente apesadumbrados.

¡Oh, mi amada devoción!
Bajo férreo encierro
soy un ser huraño
viviendo en la umbría casa del dolor
pues mis oídos han perdido
la facultad de escuchar
esa amable bendición
que es la palabra de amor
bañada por la candidez
(¡oh, bendita por siempre!)
de vuestra voz.

Y, sin embargo,
todavía se cierne sobre mi
una oscuridad plena,
orgullosa e inmensa
nacida de aquella palabra de adiós
que convirtiera a mi alma,
pétrea.

¡Oh, mi bella dama!
Amarga es la estadía
entre la tempestad de mis emociones,
luego de infinitas brisas estivales
y de vientos nobles.
¡Ay, honda desdicha me reina
cuando entre el verdor de la pradera
majestuosa,
es hallada una flor marchita
entre tantas otras,
ilustres y magníficas!

¡Ay, esta hiriente lejanía,
este silencio, esta agonía!
Y en mi grito sólo el eco,
La resonancia de mi corazón
entre ilusiones vacías y abatidas.

Ay, mi vida cubierta de desolación,
adoleciendo de vos, querida mía,
hace tiempo que partió
hasta, al fin, perderse de vista.

Así pues,
¡Infierno, quémame,
qué ardan mis cenizas
en tus llamas, en tu fuego!
¡Chacales, devoradme,
y no dejéis de mí
ni los restos!.


Sotelino

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Publicado el: 11-05-2003
Última modificación: 00-00-0000


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