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La voluntad del Señor

Habéis obrado mal, ¡oh, Señor mío!;
me habéis arrebatado todo...
cuanto, en mí, era paz solemne
y ahora, os muestro mi alma
que sedienta de fe,
se me desvanece.

Mi entender no puede más
que hallar injusto vuestro proceder,
también insensible y hasta cruel.
¡Oh, Señor mío!,
¿qué mal anida en mí
para merecer tal corona de espinas
en lugar de una de laurel?

¿Tan nociva es mi persona
para haberla acogido en vuestro reino,
poner un mundo entre los dos
e hincar este dolor en mi pecho?

¿De forma tal, envenenaba yo
su divina existencia...
que os la llevasteis entre las nubes
para devolverla a su magnificencia?.

Perdóneme, ¡oh, mi Señor!
pero no acierto a comprender
que mueve vuestra repulsa,
mas veré aliviada mi ignorancia
pues el espíritu parte ahora...
hacia el que libera la mente de toda duda.

Ante vos, me postraré
y aunque el odio ciegue mis ojos
podré contemplar al magnánimo ser.
Pues me llamasteis a vuestro reino,
adónde halle mi perdida fe,
adónde vive el ángel que ahora es,
la divinidad que un día vi perder.

Hallaré el concilio y la paz
pues habré conocido vuestra voluntad;
las nubes se disiparán
allí donde el alma es imperfecta
y, con asombro, podré observar...
¡ cómo mis ojos, desde allá,
no han podido...
veros postrado en el altar!.


Sotelino

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Publicado el: 06-06-2003
Última modificación: 00-00-0000


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