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¿QUIÉN PUSO AL AMOR DENTRO DE UNA POMPA DE JABÓN?


                              “Ama rápido, me dijo el sol.
                              Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
                              a cumplir con la vida:
                              yo soy el guardián del hielo.”

                              JOSE WATANABE


Yo te miro/ y hay una ciudad entera
que te mira con mis ojos.

Están las larguísimas alamedas de mis húmeros extasiados,
las insondables fundaciones de las catedrales de mis sienes,
los vestigios pétreos de medievales fortalezas intransigentes
y un río lindo que brama un grito contenido.

Hay que ver cómo la imperturbable muchedumbre,
apretujada en mis venas, levanta la mirada cuando pasas,
arrancados todos de sus abstracciones habituales por tu cálida irrupción.

También están/ cómo no/ los pasajes subterráneos/
los albañales/ que suenan a limpio cuando tu aroma de tierra adentro
los inunda y los redime de su maloliente grisura.

En esta enorme ciudad, flanqueada por la epidermis,
hay una callecita olvidada, apenas iluminada por vitales candiles,
vívidas lumbres que un palpitar los mantiene encendidos.

Allí, a la izquierda ascendiendo, hay una tahona donde se hornea querer,
donde se amasan espigas entregadas al añorar,
donde se conciben panes asombrados con las flores
y donde todo está impregnado de blancuras cándidas,
que algún niño dejó olvidadas buscando una abuela.

El otro día pasaste rauda por allí y te comiste un panecillo.

¿Crees que no me he dado cuenta?

Si el hornito se encendió ahí mismo, abochornado,
y se puso a repartir los cálidos panecillos imberbes
a las hormigas ésas que extrañadas interrumpieron sus táctiles contactos
para proseguir luego a palparse con el reguero de ilusión desatada.

Un loco puso todo eso/ los edificios, las usinas, los hálitos infinitos,
los intransigentes calendarios y los llantos de ciudad,

¡dentro de una frágil y efímera pompa de jabón!

Ése alfarero de lo inasible,
ése guardián de lo efímero,
ése pertinaz albañil que pretende prolongar epílogos,
ése peregrino habitual de su meca utópica,
ése tenue explorador de océanos en gotas de rocío,
ése nómada beduino que vaga por los interminables arenales de un pétalo,
ése medieval escultor de la inmovilidad,
ése loco arquitecto,
ése,
cree que una ciudad así,
edificada dentro de lo bello y efímero,
puede durar toda una vida.

¿o sí será posible?


Beto Hermoza

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Publicado el: 29-03-2004
Última modificación: 00-00-0000


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