portal de la poesía virtual
portal de la poesía virtual

EXPEDICIÓN


Los cazadores emprenden la expedición
a su coto de caza de intramuros.

Con pericia, preparan sus armas,
extraños artefactos elásticos,
lanzadores de munición contundente
(de cáscara de naranja)
Por provisiones no llevan más que mendrugos de pan seco.

La temporada de caza del saltamontes salvaje,
del bosque de cipreses, ha empezado.

Deben sortear primero la gran muralla de adobe
que separa el mundo de la vecindad
de la salvaje selva de la Ciudad Universitaria,
aquella que se puede ver desde las ventanas
de los blancos castillos donde viven.

También podrían entrar por la Gran Puerta,
a la cual se accede por la Gran Avenida, al otro extremo de su mundo,
pero no sería digno de un intrépido expedicionario.

La muralla es fácilmente escalada por los niño-hombres,
aunque uno de ellos, un poco torpe, debe ser ayudado por los otros más fuertes,
y no se libra de los rasguños que mirará y frotará luego con orgullo,
como marca de los valientes.

Y se adentran en los pastizales, sorteando las tribus hostiles
de los grandes acarreadores de libros.

Aguzan sus sentidos, evitando el encuentro
con la terrorífica araña saltadora de los pastos bajos.
Aparecen los primeros saltamontes, que huyen espantados ante la incursión de los acechadores, que pretenden batirlos a cascarazo limpio.
Nadie acierta, por lo que habrá que atraparlos a campo abierto y puño cerrado.
El frenesí dura unos minutos, pero son escasas las presas atrapadas.

Deben adentrarse entonces en lo más espeso del bosque de cipreses y cardos.
Allí pastan enormes manadas de saltamontes, apiñados por racimos.

Y acechan, teniendo cuidado de no despertar al moscardón zumbante de los cardos purpúreos, armado, según las leyendas, de una lanceta feroz.
Entonces los cazadores lanzan su ataque y atrapan a los saltadizos,
llenando sus bolsitas plásticas con sus pequeños trofeos.

Excepto uno, que se ha quedado inmóvil, pasmado, observando a un extraño ser de aquél bosque sedentario: el insecto palo.

Este no salta, por lo que no es animal digno de cazarse. Se oculta entre las ramitas de los arbustos y las imita perfectamente, en una quietud imperturbable, aferrándose a su rama como si fuera su madre.

De algún modo, este esfuerzo mimético le creará al pequeño cazador
el instinto de mimetizarse él también
en el mundo extraño en el que empezó a crecer, aferrándose a su ramita,
sin moverse, sin ser evidente, pero siendo inadvertidamente feliz.


Beto Hermoza

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 13-04-2004
Última modificación: 00-00-0000


página personal de Beto Hermoza


regresar









poetas en la red


















Copyright © 2001-2003 Poesía Virtual Inc. Todos los derechos reservados.
Copyright © 2001-2003 Virtual Poetry Inc. Worldwide Copyrights.