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25 poemas aleatorios | |
Cielos de fin de mundo. Son las cinco. Sombras blancas: ¿son voces o son pájaros? Contra mi sien, latidos de motores. Tiempo de luz: memoria, torre hendida, pausa vacÃa entre dos claridades. Todas sus piedras vueltas pensamiento la ciudad se desprende de sÃ... | |
Después de leer tantas cosas eruditas estoy cansada, hija, por no tener los pies más fuertes y más duro el riñón para andar los caminos que me faltan. Perdona este reniego pasajero al no encontrar mi ubicación precisa y pasarme el insomnio acodada en la ventana cuando la lluvia cae, ... | |
Tú me pedÃas poesÃa como quien frutos desespera del olmo viejo del camino. Cada mañana amanecÃa y el árbol peras no arrojaba. Cuando vivir no es necesario escribe el cerdo, lee el puerco y se emocionan los marranos. Escucha bien: no hay moraleja: es otra voz la poesÃa. | |
Amor, fuera olvidarte como perder los ojos, cegar frente a los verdes más claros de la vida, caer en el invierno con un sueño encerrado sepultando los brotes de la flor del prodigio. Desconocer las formas que anidaron el tacto, ignorar la sonrisa que prepara la aurora en los húmedos labios terrenales; ... | |
Al mar dije que no. Dije también ya no más cielo, ya no más canto al manantial ni al eco grácil y purÃsimo de sus aguas que bajan de la más alta inmensidad. Ahora solamente nombraré la desgracia, dije y le puse nombre. Para que arda más la herida le puse sal y miel silvestre, ... | |
En el puerto, un bosque de containers reemplaza a las gaviotas, y los perros husmeando en los basureros, a los osos, atados a una cuerda, bailando al tambor también esclavo. ¿Dónde están las prostitutas que los marinos buscan, las meretrices de espaldas desnudas, ... | |
Si queréis de mi lira oÃr los sones, dadme vino de Lesbos que huele a flores. Y si queréis que dulces amores cante, venga Lelia a mi lado y el vino escancie. Pero no en cinceladas corintias copas, ¡porque el vino de Lesbos se liba en rosas! El Amor nos lo brinda, y el que lo bebe, ¡arder en sacro ... | |
A las tres y veinte como a las nueve y cuarenta y cuatro, desgreñados al alba y pálidos a medianoche, pero siempre puntualmente inesperados, sin trompetas, calzados de silencio, en general de negro, dientes feroces, voces roncas, todos ojos de bocaza, se presentan... | |
Tu largo ventisquero forma y trasunta blanca mujer tendida, como difunta, y muestra en vivas manchas crudo arrebol. ¡Y el cadáver ficticio me desconcierta porque se me figura la Patria muerta, que con pintas de sangre se pudre al sol! ¡Oh signo de los tiempos graves y espurios! ... | |
Entre ahora y ahora entre yo soy y tú eres la palabra puente. Entras en ti misma al entrar en ella: como un anillo el mundo se cierra. De una orilla a otra siempre se tiende... | |
Es tan blanca, tu piel, como la nieve. La nieve quiere al sol por lo brillante. Y el sol, que se enamora en un instante, se acuesta con la nieve y se la bebe. El sol, aunque es muy grande, no se atreve a hacerse olvidadizo y arrogante: se acuerda de su novia fulgurante y se pone a llorar, ... | |
Los ojos de la presa están sellados por una tela de almidón, de su nariz el agua surge, los estornudos se han hecho tan frecuentes, que el hombre ha cambiado la flecha por el pañuelo azul que pasa por sus labios. Selección del poemario inédito UN GRITO EN EL ARCA de Isolda ... | |
El mundo gime estéril como un hongo. Es la hoja caduca y sin viento en otoño, La uva pisoteada en el lagar del tiempo pródiga en zumos agrios y letales. Es esta rueda isócrona fija entre cuatro cirios, esta nube exprimida y paralÃtica y esta sangre blancuzca en un tubo de ensayo. ... | |
1 Vuelve a la noche, racimo de horas sombrÃas; córtalo, come el fruto de tiniebla, saborea la ignorancia 2 Con orgullo de árbol plantado de pleno torbellino te desvistescon el gesto del agua saltando de la peña abandonas tus cuerpos con los pasos sonámbulos del viento te arrojas ... | |
Hombres necios que acusáis a la mujer, sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis; si con ansia sin igual solicitáis su desdén, por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal. CombatÃs su resistencia y luego, con gravedad, decÃs que fue liviandad lo que hizo ... | |
Chiapas, perdónanos tan lejos este llanto . Daniel Robles Sasso. En el paÃs de las etnias de las más altas montañas del bosque de los pájaros azules de los lagartos tristes de los lagos pintados de colores de la selva hecha humo y pozos petroleros la sangre penetró bajo la tierra ... | |
Asoma, Filis, soñoliento el dÃa, y llueve sin cesar, en los cercanos valladares al pie de los bananos, mi grey se escuda de la niebla frÃa. Las vacas a sus hijos con porfÃa llaman de los corrales, en pantanos convertidos; y ruedan en los llanos pardas las nubes y en la selva umbrÃa. Oye, se arrastran ... | |
A la Madre luciente, la virgen alba, llevo las flores, flores de mi chinampa. ¡Ay, agua dulce! ¡Ay, agua amarga! La superficie mece la frágil gracia de florecillas, flores recién cortadas. ¡Ay, agua dulce! ¡Ay, agua amarga! En mis brazos y ensueños el niño nada por agua... | |
Mayo nos dio corolas asombradas, su fuego Julio; y en Agosto hubimos la exaltación sorbida en los racimos de sus uvas azules y doradas. Crepúsculos Octubre en llamaradas espiga coronó frutos opimos. Y en la sien de Noviembre percibimos un augurio de nieves... | |
Habla deja caer una palabra Buenos dÃas he dormido todo el invierno y ahora despierto Habla Una piragua enfila hacia la luz Una palabra ligera avanza a toda vela El dÃa tiene forma de rÃo En sus riberas brillan las plumas de tus cantos Dulzura del agua en la hierba dormida ... | |
Esta tierra que piso es la sábana amante de mis muertos. AquÃ, aquà vivieron y, como yo, decÃan: Mi corazón no es mi corazón, es la casa del fuego. Y lanzaban su sangre como un potro vehemente a que mordiera el viento y alrededor de un árbol danzaban y bebÃan canciones ... | |
Tu traición justifica mi falsÃa aunque lo niegues con tu voz de arrullo; mi amor era muy grande, pero habÃa algo más grande que mi amor, mi orgullo. Calla, pues. Ocultemos nuestro duelo, la queja es infecunda y nada alcanza; agonicemos contemplando el cielo ya que el cielo es nuestra ... | |
para Jorge Ruiz Dueñas El navegante escucha la voz del cielo nocturno. Con el sólo instrumento de su vista y un mapa trazado hace siglos se guÃa por la Estrella Polar, el multicolor destello de las Pléyades de Sirio la luz más blanca,la luz más pura. Tras la urdimbre de las nubes se tejen ... | |
Todo quiere seguir siendo lo que es El rÃo que transcurre y que no cesa El paciente viento que labra la montaña La noche callada que no desgastará la eternidad La mañana que madura como un fruto El árbol que erige su antigua figura en los jardines La desgastada arena de cuyo polvo ... | |
Hoy me quito la máscara y me miras vacÃo y ves en mis paredes los trozos de papel no desteñido donde habitaban tus retratos, y arriba ves las cicatrices de sus clavos. De aquel rincón manaba el chorro de los ecos, aquà abrÃa su puerta a dos fantasmas el espejo, allà crujió la grávida cama ... | |
