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La mamadera de papá

Yo nunca podía entender por qué papá golpeaba la aldaba de la casa donde vivíamos con mamá y mi tío Luis, y nunca entraba.

A esa casa, en el viejo Parque de los Patricios, donde yo casi había nacido, de tanto en tanto llegaba papá y golpeaba, su golpe era inconfundible, separaba bien la aldaba (que era una manito de bronce) y daba un golpe fuerte, seco, seguido de uno breve.

Yo, no tenía edad para comparar mi vida con la de otros chicos, es más, no tenía amigos como para comparar sus vidas o sus papás, por eso, quizá, la situación para mí, era normal.

Un día, no creo que llegara a los cuatro añitos, papá alquiló una casa en el Delta para pasar, no sé, quizá era una semana, quizá una quincena, quizá más tiempo, yo aún no sabía medir los tiempos.

Tampoco sabía "que papá había alquilado una casa" ni qué era el Delta, con el tiempo lo supe y las fotografías hoy, me lo recuerdan. Pero en ese momento no hubo nada que marcara mi conciencia, por eso no recuerdo nuestra partida de Buenos Aires, pero recuerdo sí nuestra llegada al Delta, porque el dueño, o quizá el encargado, era un inglés, digo yo, o quizá un alemán que tenía pantalón corto blanco (hoy sé que eran bermudas) y a mí, eso me llamó mucho la atención... nunca había visto un hombre con pantalones cortos.

Desde ese momento, sí que recuerdo a mi casita toda blanca, de dos plantas, cubierta de hortensias por doquier, con la bajada hacia el río... y tenía nombre: “QUINCY” que yo leía (creo que casi nací leyendo), nunca supe qué quería decir y nadie me lo explicó, pero yo amaba a QUINCY, era mi primer "algo propio", mamá con papá en el primer piso, yo con mi habitación en el entrepiso con vista al parque con sus hortensias y al río. ¡Qué feliz que era!.

Las fotos no me dejan mentir mis recuerdos. Estaba en la falda de papá, o mamá abrazándolo por la espalda y yo en su regazo. Todo estaba relacionado con papá, mamá, las hortensias y QUINCY, no recuerdo otra cosa de esos instantes, ni amaneceres, ni noches, ni sonidos, ni olores, ni las lanchas, ni risas, ni llantos, ni alegrías, ni retos, ni tristezas, sólo papá, mamá, las hortensias y QUINCY.

Una mañana de esas tan plenas de casa, flores, papá y mamá, sentí ruido en el jardín, salté de mi cama y miré por la ventana, vi una mujer, una joven (hoy sé que vi una adolescente; en ese momento vi "una chica alta") y una nena y un nene ¡destruyendo mis hortensias! ¡en mi jardín!.

Subí corriendo a decirles a papá y mamá lo que había visto, estaban en la cama... ¡qué raro! no recuerdo que eso me haya llamado la atención.
Papá se levantó mirando por la ventana y se puso pálido, la miró a mamá, ella también se asomó y ambos se miraron, yo exigía a papá que saliera a echarlos, pero no me respondieron.

Se vistieron, bajaron, se pusieron a hablar con la otra mujer. Yo no entendía nada, subieron, y se oían llantos y algunos gritos. Los chicos quedamos abajo y la adolescente trataba de contenernos, hoy pienso qué sensación tan terrible sentiría ella, qué angustia, yo no la sentía usurpadora, sí a los otros dos: una niña y un niño que me gritaban que no llamara papá a mi papá, porque era su papá.

No entendía nada, peleábamos y peleábamos, pero no había respuesta de los grandes ni de Adela, mi hermana mayor.

Todo se precipitó, se empezó a embalar, yo no quería irme, no entendía nada. ¿qué pasaba con papá?, ¿qué pasaba con mamá?, ¿quién era esa mujer?, ¿quiénes eran esos chicos?.

Tomamos la lancha: los tres mayores, Adela, los tres chicos y yo.

No recuerdo nada de ese momento, pero al llegar al Tigre íbamos a tomar un tranvía toda la trouppe y nos impedía el acceso un matrimonio con un bebé que por no sé qué causa discutía con el motorman.

Al final se fueron, pero dejaron olvidado un bolsón de cuero clarito (cómo lo recuerdo) tipo bolso de mano. Adela los llamó, pero no se volvieron.

Subimos todos al tranvía, sobre el lado derecho se sentó Adela, detrás el varón (de mi edad), y detrás la nena (un poco mayor que yo) junto a mí.

A la izquierda, casi a mi altura iban mamá y la otra mujer.

Y casi al final del tranvía, a la izquierda, sentado sólo, papá. No había más pasajeros que nosotros (o yo no los veía).

Y aquí sucedió algo que jamás podré arrancar de mi mente ni de mi corazón, como otras tantas cosas que han quedado grabadas a fuego en mi alma: Adela abrió el bolsón, que sólo tenía ropitas de bebé y unas monedas, nos dio éstas a los tres chicos y se levantó, llevándole la mamadera a papá y volviendo a su asiento en silencio.

¡Que espanto!, ¡qué dolor inmenso!, ¡cómo hubiese querido pegarle!. No puedo olvidar la cara de papá ¿ridícula?, ¿triste?, ¿desesperada?, sosteniendo entre sus dos manos la mamadera, pero sin hablar una palabra. Aún hoy evoco esa imagen, y tiemblo de dolor y de impotencia.


Luego bajamos y tomamos un taxi todos y ahí fue mi primer pregunta, mi primera sensación de impotencia, de desprotección, fuimos con el taxi a casa, bajamos mamá y yo, nos quedamos bajo la aldaba de bronce y ellos se fueron, mientras yo abrazada a mamá preguntaba, lo que mamá no me supo responder: ¿por qué se va con ellos, si es mi papá mamita? ¿por qué nos dejó solitas?.

Han pasado cincuenta y seis años, pero al escribirlo cierro los ojos y veo mi QUINCY, mis hortensias y a papá con la mamadera en sus manos, esa imagen de dolor no la puedo borrar.

Hoy pienso que pudo ser vergüenza, o impotencia, o qué se yo, pero en ese momento para mí, la imagen de papá abrazado a la mamadera, era la imagen patética del dolor y yo hubiese deseado abrazarlo mucho, arrancársela de la mano y tirarla por la ventanilla, o pisarla fuerte y evitarle tanto bochorno, pero claro, no sabía decir nada, no sabía manifestar lo que sentía... ¿Por qué amaba tanto a papá?.


Susana Serra



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Publicado el: 02-11-2003
Última modificación: 00-00-0000


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