portal de la poesía virtual
portal de la poesía virtual

Rojo (cuento)

A estas alturas todo parece un mal sueño. Están dadas todas las señales para que lo sea; estoy acostado, agitado, mojado por el sudor, mi garganta arde agotada de gritar en la oscuridad, tengo recuerdos desconectados con la realidad.

Al menos tengo la tranquilidad de que despertar siempre es un alivio... o al menos así lo creía.

........................................................................................................................

Es un día de escuela como cualquier otro. Entro a mi salón, como siempre lo hago, arrojo mi mochila procurando que ésta quede cerca de mi banco y luego me asomo en el marco de la puerta a esperar a que llegue alguien agradable.

Realmente nunca sé cuanto tendré que esperar, ya que el adjetivo `agradable´ no es aplicable para mucha gente últimamente.

Observo por unos minutos el agua correr por las paredes de cemento. Hay algo extrañamente perturbador en el inconstante trazo de las aguas de lluvia, algo que lleva implícito un secreto.

Mientras observo el agua en los muros, los sonidos de la gente corriendo por los pasillos y todos los ruidos anexos del colegio se han ido muriendo en un suspiro leve. Alguien se para a mi lado y observa mis ojos de perfil, puedo verle por el rabillo. Estoy embelesado con el contoneo del agua, pero sé muy bien que hay alguien mirándome. Lo siento. Seguramente otro compañero con otra absurda broma imbécil acerca de alguno de mis rasgos u otra temática igualmente incoherente. Da igual. Ya me he acostumbrado a esto y sé que mientras menos les escuche menos me molestarán.

Capto, un tanto borrosa, la figura de un niño de mi edad. Se está riendo y ha comenzado a moverse. Lo mismo quiero hacer yo. No. No la parte de reírme. Pero sí la de moverme. Moverme rápido. Dios mío, no puedo siquiera despegar la vista de la estúpida pared. Veo un brillo maligno en los ojos de este niño y sus dientes afilados son lo único que mis ojos enfocan con claridad. Se acerca y muerde mi oreja. El dolor. En tanto aún estoy idiotizado con la visión de las aguas lluvias no puedo oír mi propio grito, que ha borrado los últimos sonidos que flotaban en el aire y ha convertido mi audición en una sensación blanca. Blanco. Todo es blanco a mi alrededor por cinco segundos. Luego se disipan las nubes de mis ojos y me hallo en el marco gritando como un loco pero no hay niño de dientes afilados y mi oreja está intacta. Cierro la boca secamente y miro a mi alrededor. Me parece que ni siquiera llueve tanto como me parecía hace unos segundos. Lo que sí es seguro son mis compañeros y otra gente del colegio riéndose y apuntándome como al mejor payaso. Imbéciles. Incluso creo que vi a un par de profesores mofándose por allá.

¿Qué me pasa?. Mejor voy al baño a mojarme la cara. Quizá la humedad baje un poco el rojo de mis mejillas, y el de mi alma. Me miro en el espejo por unos segundos. Tiro la piel debajo de mis ojos hacia abajo y saco la lengua. Sonrío. Ahora me parece divertido lo que hace unos minutos consideraba la peor catástrofe de mi vida. Saco más la lengua y me río otro poco. En serio debe haber sido ridículo para los demás ver y escuchar a un tarado gritando como bellaco sin razón alguna. Mejor me callo creo que viene alguien.

- Gran escena la del grito, niñita.- dice un tipo con una sonrisa burlona al pasar mi lado. Lo he visto antes en el patio, se apellida Romero. No me gusta que se rían de mí. Lleva una.

................................................................................

Ya han tocado el timbre y debo volver a la sala. Cruzo raudo a través del patio procurando esquivar todas las miradas que se dirigen hacia mí.

Llego a mi banco a empujones a través de mis compañeros de curso. Espero a que el profesor salude y me hundo en la silla. Los primeros quince minutos de clase, lucho para mantenerme concentrado logrando seguir el ritmo del señor que gesticula en la tarima. Los siguientes quince minutos ya se me hace más complicado captarlo todo. Al inicio de la segunda media hora la voz del hombre se ha vuelto nada más que un zumbido, errático y desagradable. Creo que se empieza a notar que estoy incomodo. Los espasmos de mi cara se me hacen incontenibles y tampoco puedo evitar sacudirme de vez en cuando. El profesor ya no es un profesor; es un payaso de cara lánguida y envejecida, de ropas raídas y gastadas. Aunque los gestos son claramente los de él.

No puedo entender que es lo que me molesta de este estúpido bufón, pero hay algo que me hace desear caerle a golpes y romperle la jodida nariz roja. De pronto mi fantasía burlesca se resquebraja con un grito seco y brusco. Es el payaso gritándome... y a mi NADIE me grita. Ahí está este profesor con los brazos rígidos pegados al torso en un ademán de histeria e impaciencia. La sala se llena del más frío silencio. El maestro no tiene nada en los ojos aparte de una expresión de ira. Si su cargo no se lo impidiese probablemente haría lo que yo estoy a punto de hacer... ¿o no?

Me levanto lentamente de mi asiento para luego abalanzarme con fuerza sobrehumana sobre el infeliz. Salto de tal forma que su cara de facciones toscas y avejentadas como manta con la cual el tiempo no tiene respeto, queda entre mis rodillas al caer, ambos, al piso. Ahí comienzo a golpearle el rostro con ambas manos hechas puño. ¡Dios mío, cómo disfruto la sensación sugestionada de su carne moliéndose contra el hueso viejo y cansado! Disfruto aún más cuando empiezo a ver sangre. A estas alturas la risa es incontenible. Creo que ha perdido la consciencia (si es que no la vida) pero no me siento relajado, descargado ¿asustado? ; al contrario, quiero más, más de esa sensación que poco parece adherirse a la realidad y más bien aparenta tener una independencia volcánica y adictiva. Quiero más. Me pongo de pié, seco la sangre de mis manos en mi camisa y a la vez acabo con la purísima e irónica blancura de ésta.

................................................................................

Rojo. Sobre mi ropa y regado por todo mi alrededor. Roja. La sangre que repta desde la machacada cara del profesor hacia la estupefacta y estática expresión de mis compañeros. Rojo. Mi más cruento deseo de matanza latiendo insurrecto dentro de mí. Roja. Mi sonrisa lúgubre cuando este deseo toma el control.

En los pocos segundos que he estado de pie he podido diferenciar las reacciones de mis compañeros, que no son muy diversas porque tampoco lo son sus mentes. Hay algunos mudos, petrificados por el miedo. Ésos serán fáciles. Hay otros aplaudiendo; no es tan extraño, a nadie le caía bien aquel profesor. Ellos no lo ven venir. Y hay otros ni alegres ni pasmados. Simplemente `Están´.

Están mirando intranquilos. Tratando de anticipar mi próximo movimiento. Mejor voy a ellos primero. Así los que aplauden pasarán a estar estupefactos y los que ya están estupefactos pasarán a cagarse (probable y literalmente) de miedo.

Arrastro el cuerpo del profesor por el pelo, lo levanto y lo coloco sobre su mesa. Me quedo sonriendo casi estúpidamente ante el rastro que ha dejado la trayectoria del muerto por la sala. Me ha recordado a los caracoles haciéndome reír nervioso. Odio esas cosas. Y, sorpresivamente, ése simple gesto ha hecho que los estupefactos cambiaran de fase.

Repentinamente me ha empezado a doler la cabeza. Como si alguien me mordiera ambas sienes a la vez con gran fuerza. Debo salir. Quizás vuelva más tarde a matar a mis compañeros. Quizás no. Pero ahora lo único que quiero es detener este horrible dolor que me tortura.

................................................................................

Estoy en el baño otra vez. Con la cara sumergida en el lavamanos que he tenido que taponear con un pañuelo ensangrentado que previamente había usado para librarme de la sangre ajena. Al levantar la cabeza todo está sumido en un peculiar efecto de cámara lenta. Veo en el espejo mi rostro pálido como la muerte. Y resplandecientes como nunca, mis ojos verdes, delineados por la sangre que no se disuelve, sólo se hace más pegajosa. Oigo las sirenas y, si bien, no puedo ver las luces de las balizas los sugestivos sonidos policiales hacen que me encandile con la subliminal presencia de aquello fulgores.

Supongo que vienen por mí. Da igual. Lo hecho, hecho está. Y nada podrán hacerlo para remediarlo. Y yo tampoco pretendo siquiera intentarlo. ................................................................................

He despertado. Estoy en una pieza blanca. A estas alturas todo parece un mal sueño. Pero estoy seguro de que no lo fue. Lo recuerdo bien. Me dijeron que mi víctima no había muerto. Pero había estado inconsciente por 3 días. Más o menos el mismo tiempo que yo estuve durmiendo, desde el incidente, hasta hace 1 hora. Me dijeron, también, que no podrá volver a hacer clases y probablemente tampoco vuelva a hablar. Apreto las sábanas con rabia. Debería haberse muerto. O al menos yo pude no haber despertado.

¡Dios mío! ¿Qué me va a decir mi madre?. Bueno. Cuando sea capaz de hablar. Ya ha venido a verme. Ha puesto cara de víctima y luego ha tenido que salir a llorar al pasillo. Pobre y débil señora. No creo que diga nada. Puedo arreglarlo. Después de todo, los muertos no hablan.





`Y entonces llegaron ellos. Me sacaron a empujones de mi casa, me encerraron entre estas cuatro paredes blancas donde vienen a verme mis amigos; de mes en mes, de dos en dos, y de seis a siete.´

J.M. Serrat



Orestes

Copyright © Todos los derechos reservados.

Publicado el: 09-08-2001
Última modificación: 00-00-0000


página personal de Orestes


regresar









poetas en la red


















Copyright © 2001-2003 Poesía Virtual Inc. Todos los derechos reservados.
Copyright © 2001-2003 Virtual Poetry Inc. Worldwide Copyrights.