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Esperanza (cuento)

Luis siente como sus brazos, trenzados en la baranda del mirador, amenazan con ceder en pequeños remezones. No tiene miedo. Mira hacia abajo. Las rocas, muchos metros más allá, le producen una extraña sensación en el estómago. Sus piernas, ante el vacío, parecieran estar más seguras que él respecto a la extrema decisión que tomase pocas horas atrás. Se siente traicionado, defraudado y solo. Tan solo. En una suerte de segunda oportunidad a su vida, busca en su mente recuerdos esperanzadores. Encuentra algunos, pero estos, en especial, necesitan un profundo análisis.

Luego de un malogrado matrimonio, Luis había decidido abandonar su casa, empezar de nuevo, mejores cosas habrían de llegar en otra ciudad, con otras caras y posibilidades. Se compró un pequeño departamento de soltero en Valparaíso, estaba cómodo, pero no conforme. Una noche, Luis se fue a caminar por las empinadas calles, tal como acostumbraba. Una cuadra más allá se veía una pequeña señal de neón que nunca antes había notado, que esparcía sus colores en la niebla de la costa y decía `La salida rápida´. Le pareció que una breve parada en su rutinaria caminata no le haría mal.

La puerta se abrió ruidosa cuando él la empujó. Sólo había tres personas en el local, eso sí, sin contar al cantinero. Luis se acercó a la barra y pidió una cerveza, localizó la mesa más solitaria y alejada y se fue a sentar. El lugar parecía demasiado familiar, Luis pensaba que el mejor lugar para emborracharse era la casa de cada uno, en todo caso podría quedarse tiempo suficiente, como para que, en caso de que se embriagara, recuperarse y volver al departamento por sus propios medios. Apenas llevaba 2 `shops´ cuando comenzó a recordar su infancia, todo aquel sufrimiento, la preocupación, el desespero, el típico asunto de estar rodeado de problemas y no poder darles solución, pero no superar eso y hundirse en dramas ajenos era el verdadero problema de Luis. Frustrante resulto aquella situación para quien no había podido controlar su problema y había terminado con terapia a los 6. Para cuando había cumplido 9 el psicólogo pensó que su pequeño y callado paciente ya estaba sano, esto resultado de la gran capacidad que tuvo que desarrollar Luis de fingir bienestar.

Mientras miraba el fondo del vaso, como buscando respuestas mezcladas en la cerveza, se abrió de golpe la puerta del bar y por ella entró una jadeante joven, se acercó a la barra y pidió algo que Luis, desde su puesto, no alcanzó a escuchar, la extraña miró hacia los lados chequeando el ambiente, fue hacia donde estaba Luis y se sentó a su lado. La joven era hermosa, seguramente tenía por lo menos diez años menos que él, al menos de acuerdo a lo que Luis podía concluir con sólo verle. La jovencita comenzó a hablarle no llamándole mucho la atención. La voz de la chica se oía lejana mientras Luis caía en un profundo abismo de soledad interna e ensimismamiento. Luis estaba a punto de decidir matarse, balbuceando débilmente cosas acerca de saltar desde el mirador del museo, cuando de pronto palabras, como truenos, golpearon sus oídos:

- No lo hagas. Quédate conmigo -.

Luis se volvió a la extraña, quien no representaba para nada con su expresión lo que él había oído. Le miró a los ojos, y vio en ellos todo el amor que siempre había buscado, luego no pudo contenerse y abrazó a la desconocida y dejó que sus ojos, llenos de lágrimas, descansaran y se cerraran contra el pecho de la asombrada joven. Aquellas palabras llenaron todo el vacío del corazón de Luis y concluyó, por fin, darle otro chance a su vida.

Cada noche cuando Luis, quien había incorporado a su recorrido habitual aquel bar, llevaba casi dos horas bebiendo y ya empezaba a reconsiderar ideas desquiciadas, entraba velozmente Esperanza, ese era el nombre de la joven, según le había dicho la tercera noche, se sentaba a su lado y empezaba a platicarle acerca de su día recién pasado. Siempre lo mismo; había tenido una horrible jornada en la universidad y su trabajo de medio tiempo en un restaurante de comida rápida no era la cosa más lucrativa del mundo. Su otro trabajo, la prostitución, tampoco le daba muy buenos frutos, el dinero era bueno, pero el trato... sencillamente no valía la pena.

Luis se quedaba allí escuchándola, mirándola fijo con los ojos entrecerrados por el insomnio y lacrimosos en reacción a la pestilencia del lugar. Oía lejanos los cuentos de la vida diaria de la universitaria, pero de vez en cuando, entre lamento y lamento, oía más cercano y puro un `te quiero´, cuando eso pasaba Luis interrumpía a Esperanza con un `Y yo a ti´. La muchacha nunca hacía mayor gesto frente a las contestaciones de Luis e inmutable seguía con su historia.

Ya habían pasado 2 semanas desde la primera vez que Luis había encontrado `La salida rápida´ cuando una noche, mientras Esperanza hablaba de su pésimo día y de cómo le habían quitado el departamento por no pagar el arriendo, Luis se paró de golpe de su asiento, como si de pronto se le hubiera pasado la borrachera.

- Esperanza, quiero que vivas conmigo- dijo claramente dejando ver que de hecho sí estaba repentinamente sobrio. La joven, que había encontrado en Luis a una persona muy interesante (cuando no estaba bebido) meditó la petición y se dio cuenta de que realmente no tenía un lugar donde caerse muerta y menos uno donde dormir. Así que accedió de inmediato y abrazó al hombre en agradecimiento. Cuando Luis sintió el calor del cuerpo de Esperanza contra su pecho, su corazón comenzó a latir más rápido, su expresión facial se volvió nula, todo se volvió absoluto silencio, sólo lejos, muy profundo en su mente percibía débiles los acordes de `Ten paz´ de Lucybell que lo transportaban a otras tierras. A mundos donde podría tranquilamente vivir junto a Esperanza. Lejos, incluso, de la realidad.

Luis veía todas las mañanas como Esperanza se levantaba del sofá-cama que él había comprado en un remate la misma noche en que ella se mudara, la veía irse, y allí se quedaba, echado en su cama mirando por la puerta entreabierta hasta que la chica volviera, entonces se levantaría de ahí se vestiría y la llevaría a cenar a algún lugar no muy lleno ni muy caro. Se preguntaba por qué, si ya se habían declarado amor mutuo, no dormían juntos, de hecho ni siquiera se habían besado. Quizá era hora de dar un paso más. No era que no lo hubiera considerado, a decir verdad cada movimiento que ella realizaba despertaba en Luis un deseo casi insoportable de lanzarse sobre ella, sin malas intenciones, al contrario, con la intención de soldar su amor infinito en un acto físico. Pero Luis no era la clase de persona que hace ese tipo de cosas sin un acuerdo mutuo previo. Así que no quedaba más que esperar que el destino decidiera. Nada de malo tiene ayudar al destino a decidirse. Así que planeó un día perfecto para ambos. Se levantó temprano, le preparó el desayuno a la chica y se lo llevó antes de que despertara. Cuando la chica abrió los ojos vio a su anfitrión sonriendo y sujetando en sus manos una bandeja con tostadas con mantequilla y café servido en una tasa amarilla.

- Que lindo- dijo ella en un gesto de cortesía –No deberías haberte molestado.

- Creo que sí.- respondió Luis.- hoy va a ser un día muy especial.- Tómate el desayuno y luego vístete porque hoy almorzaremos en el centro.

Esperanza le miró asombrada y luego sonrió.

Después de una hermosa tarde juntos, volvieron a la casa aproximadamente a las 21:30. Hacía tiempo ya que Esperanza no llegaba tan temprano a su casa, pero ahora que por fin había podido dejar su trabajo nocturno cosas así eran posibles.

- Estoy muerta.- dijo Esperanza desplomándose en el sofá. Luis se quedó junto a la puerta mirándola por unos momentos. –Acuéstate a mi lado.- Le dijo la muchacha quien había entreabierto un ojo y le observaba desde el sofá. Luis, que ni siquiera había alcanzado a prender las luces, se quedó asombrado por la propuesta. Todos sus sueños se volvían realidad, ¡Qué alegría tan grande! Quizá los dioses se habían apiadado de su patética alma.

Luis hizo como se le había dicho y se recostó junto a la muchacha, unos segundos después sin notarlo estaban cómodamente acurrucados en el sofá. Sus cabezas se pusieron de acuerdo y comenzaron a acercarse escondidas en el silencio y la oscuridad de la noche. Podían escuchar como respiraba el otro, sentían como los pechos se inflaban al inhalar y percibían el calor que manaba de los poros. De pronto sus labios se enfrentaron quedando unos contra los otros rozándose suavemente. Con las bocas entreabiertas comenzó un juego estremecedor, las bocas comenzaron a acercarse y a abrirse cada vez más, los labios ardían unos con otros y se sentían palpitar por la emoción, la humedad de las lenguas se empezaba a acercar, así se besaron por vez primera. Siguieron así por varios minutos, pero ya no eran sólo los labios; también entraron en juego los cuellos; se besaban en la boca y luego en el cuello, en el cuello y en la boca, así, durante lo que pareció una vida. Hubo momentos en que se detenían a meditar la situación. Luis no lo hacía mucho, para él estaba claro, si ella estaba de acuerdo él era capaz de ir a la Luna. Pero para ella era distinto, se preguntaba qué estaba haciendo, cómo había llegado ahí y que clase de persona era, quién era en ese momento. Repentinamente Esperanza se enderezó de su posición miró a Luis, se paró, abrió la puerta y se marchó. Luis se quedó allí, sin prender la luz de la habitación simplemente llorando en la soledad.

Al día siguiente a la hora acostumbrada, llegó Esperanza con una expresión que mezclaba la preocupación y el descontento. Se sentó junto a Luis, quien estaba todavía en el mismo lugar que cuando ella había salido rápidamente la noche anterior, y sin mirarle a los ojos sino mirando la pared fijamente le dijo: - Acerca de lo de ayer... - Al oír esas palabras Luis pensó `Oh dios mío, aquí si que me mato. No puede ser que ella no me quiera´- qué te parece si lo volvemos a hacer.- Luis era feliz. Realmente feliz. Por supuesto que estuvo de acuerdo con la chica, era lo que deseaba. Era lo que había deseado desde el día en que vio dentro de ella. De acuerdo a su pensar ese era el comienzo de una relación estable basada en la fidelidad y la confianza. No sabía cuan equivocado estaba.

Luis notaba como, cuando se besaban, Esperanza mantenía sus ojos cerrados. En sus relaciones anteriores, Luis nunca se había fijado en ese tipo de cosas pero la expresión en la cara de su amada era preocupante. Eso acompañado por la extraña y súbita paranoia que había creado esta `relación´ en Luis.

Estuvieron un tiempo siendo muy cariñosos entre ellos pero distanciando a los demás quizás demasiado. Esperanza ya casi no hablaba con casi nadie más aparte de Luis y él, aunque hablara con otras personas, todo lo que le importaba en ese momento era su amor. Aquel alejamiento comenzó a alterar a Esperanza quien parecía preocuparse por todo excepto por su mal cuidada relación, le comentó esto a Luis pero para él, si ellos estaban bien como pareja, pues el resto podía irse cuan lejos quisieran. Considerando eso, no estaban tan bien como pareja.

Esperanza no estaba tan conforme con todo el asunto, o al menos eso era lo que Luis pensaba. La veía ser parte de todo lo pasional e incluso a veces ella comenzaba ese tipo de cosas, pero no parecía muy interesada por la parte de la reciprocidad emocional que se supone de una relación como la que ellos llevaban durante, por lo menos, un mes. Luis comenzó a manifestar bruscos y sucesivos cambios de ánimo, causados mayormente porque sentía que no le daba a Esperanza toda esa enorme alegría que ella causaba en él. Eso y la enorme carga que significa sentirse como la peor escoria del mundo, después de todo ¿Cómo no sentirse así? Si eso era lo que sus padres decían. Esperanza se cansó de la inconstancia de su enamorado y decidió terminar con su relación, pero que podían seguir siendo amigos.

-¡Qué!- fue lo que dijo Luis al conocer su decisión. –Pero, ¿por qué?- Luis hablaba con dificultad. Aquella decisión le había llegado como un disparo entre la razón y la vida. Si eso era lo que ella pensaba, entonces era lo mejor.
Los cambios de ánimo de Luis desaparecieron por completo. Simplemente ya nunca estaba feliz. Esperanza seguía viviendo en el departamento e incluso trataba de hacer que todo siguiera como antes, pero frente a la actitud de Luis lo único que podía hacer era ignorarle y seguir adelante. Un día cuando llego de vuelta de la universidad, después de días sin haberle dirigido la palabra a Luis, se dio cuenta de que no le había visto salir de su habitación después del tercer día de su rompimiento. Se hartó de su conducta y se dirigió hacia la pieza de Luis dispuesta a llamarle la atención. Golpeó la puerta una vez. Nada. Otra y otra aumentando la intensidad de los golpes y ocasionalmente gritando `¡Luis!´ esperando algún sonido en respuesta. El corazón de Esperanza comenzó a latir más rápido. Sabía que Luis no había salido, y si no estaba afuera tendría que estar en su habitación. Dios, como deseaba que hubiese salido sin ella notarlo. Abrió la puerta lentamente y pudo ver Luis a hecho una bola arrinconado en el fondo de la pieza se acerco a él corriendo se agachó a su lado tomó su mano y la puso contra su pecho haciéndole notar las palpitaciones bajo la ropa y la carne.

- Eso es por tu culpa- Le dijo como para que reaccionara. Luis podía escucharle pero estaba sumergido en un mundo líquido entre el estar y el ir.

-Luis- Esperanza captó la condición de su amigo, se alteró un poco y comenzó a consolarle.- Vamos. No es para tanto. Estás mejor así. Sin mí. De veras. Porfa. Entiende que es lo mejor.

Luis pudo olerla desde donde estaba, ese olor era casi lo que más amaba de ella, eran tantas cosas, ella era... perfecta. El olor funcionó como sales medicinales. Luis giró la cara hacia Esperanza, vio el trémulo brillo de sus ojos y comprendió lo que le decía su amada. Ella al ver como Luis había reaccionado, le abrazó, pensando en eso como un gran gesto de amistad. Para Luis, sólo fue otro dedo en la yaga.

Después de aquel episodio, Esperanza pensó que lo mejor para Luis era que ella se fuera a vivir a otro lugar. Así que consiguió alojamiento en la casa de una amiga de la universidad y dejó a Luis solo en su departamento. Nunca dijo adiós. Cuando Luis despertó el día en que Esperanza se había ido, miró a su alrededor y vio todo tan vacío, tan simple y pensando en que ya nada valía la pena, se quedó tirado en su cama, como acostumbraba a hacer cuando su amor iba a estudiar. Esta vez ella no volvería.

Al anochecer Luis se vio envuelto en la oscuridad intensa de su habitación enorme bajo el manto de la noche. En un repentino cambio de ánimo pensó que, quizá, si Esperanza no quería estar a su lado, pues no valía la pena. Con renovadas e inexplicables fuerzas se levantó de la cama y sin arreglarse o cambiarse la ropa se fue a `La salida rápida´.

Camino al bar consideró la posibilidad de que la chica podría estar allí, aquel pensamiento casi lo hizo retroceder, pero no iba a dejar que meras suposiciones entorpecieran sus decisiones.

Avanzó por dentro del local tal como siempre pero no se sentó donde solía, sino en una mesa cerca de la entrada pero igualmente camuflada y alejada de la gente que entraba esporádicamente.

Esa noche no quería medir sus copas, quería no acordarse de nada al día siguiente, quería morir. Así que bebió una y otra copa, hasta que hastiado y nauseabundo empujó las copas hacia un lado de la mesa y dejó caer su cabeza en el centro de la misma. Ahí se quedó por lago rato sin emitir sonido alguno. Percibiendo a lo lejos el ruido estremecedor de uno que otro borracho vomitando al final del salón. Cuando de pronto alguien se sentó a su lado. No podía ver bien, apenas sí distinguía sus propias manos sobre la mesa, pero pudo oler el aroma de la otra persona. Era ella. Al sentir que le miraba, una mezcla de pena y vergüenza invadió su corazón, haciendo que comenzara a llorar. Ella le puso la mano sobre la espalda - No llores. Por favor.- dijo ella con la voz quebrada de remordimiento y algo de lástima.- Vete porfa. No quiero que me veas así- dijo él luego de voltear su cara para que ella no le pudiera ver –Es demasiado tarde para eso. Creo que ya te he visto así en un par de ocasiones. Además soy yo- dijo ella confiada de poder consolarlo.

- ¿Quién se cree que es ella para decirme eso? ¿Quién le dio la confianza?- pensó Luis al escucharla y luego se respondió sus propias preguntas. `Mi vida. Yo´. Volteó la cara de nuevo, miró a Esperanza a los ojos y volvió a encontrar en ellos todo aquel amor que encontrara la primera vez que la vio. Él le dijo que lo que lo que él necesitaba era su compañía y la persuadió a volver al departamento, al menos hasta que él estuviera mejor.

Las cosas nunca volvieron a ser iguales entre los dos. Luis, quien aún sufría por el rompimiento, todavía la miraba con ojos de amor mientras Esperanza quien había salido ilesa del asunto, se sentía agobiada con la posición de quien nuevamente era su anfitrión. Se notaba claramente que si ella sentía algo en absoluto, no era para nada parecido a todo el amor que él tenía por ella. Eso los incomodaba a ambos. Esperanza se comportaba normalmente, estaba convencida de que eran amigos, que realmente todo estaba como debería ser: amigos y nada más. Luis pensaba distinto. Creía que si se esmeraba bastante, si hacía lo suficiente, ella podría quererle algún día. Hizo todo lo que estuvo en sus manos para ganar el corazón de Esperanza pero pese a todo nada logró.

Un día tomaban once juntos en el living, un intenso silencio llenaba la habitación, se oían las tazas chocar con los platos y de vez en cuando una cuchara golpeteándose en el borde de la tasa. Cuando de pronto Esperanza rompió el silencio

–Mira. - comenzó –No me gusta verte así y menos si es por mí. Realmente te quiero y me duele verte así. Porfa. Cambia la cara- Terminó de decir esto se acercó al asiento de Luis y le abrazó. Luis sintió de nuevo ese aroma que le volvía loco. No podía resistir ¡Dios mío! ¡Cuánto le amaba! Se levantó de su silla sin soltar a Esperanza. Puso sus brazos alrededor de la fina cintura y se apoyó en el hombro de la muchacha. Inhaló profundamente para poder oler aquel perfume divino. Ella notó el gesto y sus hombros se elevaron un poco cuando rió. Quedaron mejilla con mejilla. Ambos sabían el riesgo de aquella posición. Pero recordaban los besos. Eran mágicos, más que perfectos, eran lo mejor que habían sentido. Así que tomaron el riesgo. Se besaron. Al separarse ninguno de los dos pronunció palabra por algunos minutos. Sólo un rato después Esperanza alejó su vista de Luis y dijo que tenía que irse y así lo hizo.

Horas después, cuando la noche ya había cubierto hasta el cerro más alto, volvió Esperanza. Entró silenciosamente al departamento, dejó su bolso sobre el sofá y se dirigió a la pieza de Luis. Ahí yacía él, desnudo, cubierto sólo por una blanca sábana. Le contempló desde el umbral por unos momentos y luego se desnudó también y se acostó a su lado. Él despertó pacíficamente, abrió los ojos débilmente y al ver a la chica proyectó una sonrisa que su rostro ya extrañaba. Le abrazó y dejó que se acomodara muy cerca de él, quedando frente a frente. Pudo sentir la suave piel desnuda erizada por el frío. Ella pensaba en que no sabía lo que estaba haciendo, que probablemente no era lo adecuado ni lo correcto. Pero algo dentro de su corazón la hizo dar un paso más. Bajó las manos por debajo de la sabana y comenzó a acariciar la espalda de Luis en lentos movimientos de arriba a abajo. Él le acarició el rostro, le miró con dulzura por unos momentos. Los labios enrojecidos por el frío comenzaban a recobrar calor, Luis se montó en ella y bajando la cabeza comenzó a besarle el cuello, haciéndole respirar entrecortado, le besó entre las clavículas y luego en el ombligo. Ella sintió el fuego dentro de su pecho y, aunque sabía que actuaba según el instinto y no el corazón, siguió adelante con el juego pasional.

A la mañana siguiente lo primero que vio Luis al abrir sus ojos fue la perfecta figura de Esperanza a su lado, tal como lo había soñado. Se levantó preparó el desayuno y se lo llevó a la cama a su amante. Ella se mostraba un tanto distante, lo que preocupó a Luis. Pero no le dio mayor importancia. Llevaba un tiempo sin ducharse así que pensó que ahora era el momento adecuado. Invitó a la chica a acompañarlo en su baño pero ella había denegado cortésmente la invitación. Para el momento en que Luis salió de la ducha, Esperanza ya se había ido.

Pasaron días sin que Luis supiera algo de Esperanza. Al cuarto día después de que su amor se había marchado, cuando se levantó por primera vez en días de la cama, encontró sobre el sofá que había comprado para ella un pequeño sobre. En el momento que lo vio supo inmediatamente que no traía sino malas noticias. Lo abrió esperando lo peor y eso fue exactamente lo que encontró.

La carta comenzaba con un saludo seco y poco familiar; primera mala señal. Luego pasaba a describir lo que había sido su relación y contaba como ella había estado confundida todo el tiempo. Hablaba también acerca de sus verdaderos pensamientos, que distaban inmensamente de los que Luis creía que ella sentía. Y al final de la carta venía la parte donde le confesaba que toda su relación no había significado nada para ella, que sólo lo había hecho sin pensarlo y más que nada para probar. Al leer aquellas viles verdades, Luis sentía como su razón se quebraba como un vidrio apedreado y como su corazón iba quedando lentamente frío y vacío. Apretó el papel con fuerza tal, que las palmas de sus manos se rompieron contra la carta, abriendo así sangrantes heridas en ambas extremidades. Pudo sentir exactamente el momento en que su corazón se convirtió en piedra y luego se pulverizó como una estatua de arena bajo la más cruel tormenta. Le había mentido. Le había usado. En ese momento el pobre hombre no se sentía más que un muñeco de trapo el cual, al cansarse el dueño, puede ser botado sin lástima ni remordimiento. Se sentía sucio.

Meditó la situación y se dio cuenta del por qué de la distancia de su amada. En el bar, la primera vez que se vieron, ella no dijo esas cosas. Fue su propia mente jugándole sucio quien le hizo creer que había oído tales cosas. Cada vez que sintió que ella de verdad lo amaba era él sacando conclusiones apresuradas a miradas insignificantes. Era él engañándose para darse alguna razón por la cual seguir viviendo. Ella sólo le había seguido el enfermo juego `más que nada por probar´. Comprendió entonces que se había enamorado de alguien que no existía, de una persona que él en su desesperación había creado y pensó que si no podía confiar ni en él mismo, entonces nada le quedaba.

No estaba seguro de por qué había ido ahí, sabía que nada encontraría pero estaba tan solo, tan asustado. Ahí estaba otra vez en `La salida rápida´ mirando fijamente la entrada esperando que de pronto entrara rauda y agitada la persona que él amaba. Esperó inútilmente por casi cinco horas antes que perdiera totalmente las esperanzas, entonces lo decidió nuevamente. Ya nada quedaba por hacer.

Caminó por las largas calles y callejuelas, subió por los empinados cerros de Valparaíso hasta llegar al ascensor que lo llevaría hasta el mirador desde el cual había concluido saltar. Y ahí se encontraba ahora.

Al recordar en detalle su triste episodio con Esperanza Luis comienza a llorar, no de pena, sino de rabia. Contra el mundo y contra él mismo. Pero ya nada importa. Todo lo que tiene que hacer es dejarse caer. Saltar al vacío. Las rocas en el fondo ya son casi invisibles, sólo se perciben más claramente cuando las olas chocan contra ellas. No dejó carta de despedida ni mensaje suicida. Todo había sido tan rápido que le pareció que esas cosas gastaban tiempo importante... ¿Para qué?

Luis abre sus manos dejando que los papeles, teñidos de sangre, caigan haciendo piruetas producto de las corrientes de viento de la noche costera. De pronto un grito rompe el silencio de la noche -¡Luis! ¡No! ¡Quédate conmigo!- Está seguro de que sus oídos lo traicionan nuevamente. Ahora oye pasos rápidos. Pero ahora él es más sabio. Algo aprendió de toda aquella broma. Se ríe ante la idea de que alguien intentase detenerlo y deja sus brazos libres. Es libre al fin, lleva una sonrisa plena en su rostro pensando en que ahora todo va estar bien, en que ya nadie podrá hacerle daño. Cae rápidamente y en su caída su cuerpo se voltea hacia atrás, hacia el mirador que había sido su lugar de despegue. Sólo fueron fracciones de segundo, donde pudo ver claramente el brillo de la enorme luna reflejándose en los ojos llenos de amor de Esperanza quien había recordado su primer encuentro y al no encontrarle en su casa y tampoco en `La salida rápida´ presumió que él estaría en ese lugar. Tristemente había sido demasiado tarde. El hombre que ella amaba, pero no había sabido apreciar, caía a su muerte justo frente a sus ojos. La expresión en la cara de Luis cambió bruscamente. Las lágrimas todavía caían de sus ojos cuando saltó, pero las que ahora brotaban eran las más amargas que él había llorado. Ahora su muerte era en vano. Ya no podía arrepentirse. Cerró los ojos y esperó que todo pasara.

En el mirador está Esperanza. Con el rostro hundido en la arena del borde y las manos apretando la blanca baranda. Arrepentida y furiosa. No se atreve a mirar hacia abajo(teme encontrarse ahí en el fondo). Llora un par de horas mirando la Luna. Recobra el aliento, se pone de pie, da media vuelta y se va.


Orestes

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Publicado el: 10-08-2001
Última modificación: 00-00-0000


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