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Efímero Tiempo

Amanecer tardío parece decirte él,
con las manecillas del reloj
marcando las diez.
Ya el colibrí ha terminado
de beber el jardín; las flores
han perdido su perfume.
Y él contigo esta por robar
tu último sueño;
es entonces cuando
levantas tu cuerpo,
de un brinco y estás de pie;
eliges el mejor atuendo,
siendo sólo un día
como el de ayer y el que será mañana.
Y él, sigilosamente vigila.

Diriges luego, al trabajo,
con sonrisa jovial, quizás no de nácar,
pero si la más sincera de ellas.
Tu corazón palpita, casi al punto de
salirse de tu pecho.
La gente te mira,
pues envidia causa tu buen humor,
en cada paso de tu camino,
huellas de alegría quedan,
y en el viento se respira
el amor de aquel joven, de cuerpo escueto,
quizás envejecido.
Y él, con mil preguntas
sobre ti, vigila como león a su presa.


La jornada termina,
y el cansancio no lo conoces,
quizás nunca se han presentado.
Eres cual fresca fragancia
de tierra mojada,
donde las semillas advierten
una buena morada.
Queda mucho por hacer,
así lo mencionas;
degustar un rica taza de café
en la cafetería del centro,
y quemar tabaco para
no dejar de sentirte bohemio...
No dejar de ver la vida, desde ahí.

La señora de plata
hace notar su presencia,
tú, después de un día como el de ayer
y el que será mañana,
llegas al hogar, satisfecho
y aún lleno de sueños, unos por hacer,
otros ya realizados.
Y él, detrás de ti,
como perro guardián.

Las paredes opacas
acompañan tu noche y platican sobre tu ausencia.
Tu ojos se humedecen,
por el soplo de juventud tardío,
que ese cuerpo tuyo anhelo,
en el principio del juego.
Hoy solo se divisan vestigios de éste;
Ya sea en tus ojos de miel,
o en tus labios carmín.

Pero él, arde en deseos de saber,
como haces para ignorar su presencia.
Si cada vez la hace notar más en ti;
marcando tu sonrisa,
marcando el guiño de tus ojos,
haciendo lento tu andar...

El espejo frente a ti,
ha dejado de mentir,
de ocultar lo imposible;
pues él, ha sembrado algodones en tu cabeza,
deseando mostrar su presencia,
su poder.
Pero aquél cuerpo de carne enjuta,
y oídos sordos,
no detiene su paso,
su corazón palpita,
tan agitado como el joven queriendo crecer.
Llevando al tiempo de la mano,
tan lejano en la infancia,
tan cercano en el ocaso.
Invitándolo a ser, más que el vigía
del final de su vida,
el amigo que le verá partir,
el amigo que se quedará sin ti.


El Cisne

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Publicado el: 11-06-2003
Última modificación: 11-06-2003


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