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El Viejo y el Mar

Lentamente el viejo se levanta,
se viste sin prisa en solemne parsimonia,
junta aparejos y cordeles, carnadas y anzuelos,
está listo para partir en pos de victoria.

Del vetusto bote leva las anclas,
desde el verde cromo hasta el azul profundo,
diciendo adiós sin disgusto a las pálidas luces de Cojimar.

Pronto verá el mounstro que ha de pescar,
bestia terrible que habrá de domar,
la cual probará ansiosa de sus últimas fuerzas
y serán uno solo en la inmensidad del mar.

El mounstro será para él única compañía,
durante días y noches oscuras de vientos potentes,
y el portento mismo del mounstro le dará paz en el abismo.

En aquella estrellada noche,
de leve brisa y hondos sentimientos,
el viejo sostiene el cordel con tesón,
aferrado entre manos y piernas,
no deja que escape, él es todo un Sansón.

Abajo y a oscuras la bestia reposa,
silente y paciente se encuentra a la espera
que el viejo desista, que flaqueen sus fuerzas,
que el cansancio lo dome y retorne a su esposa.

Más el viejo está firme esperando resuelto,
que el pez que ahora tiene no lo suelta por nada,
y se dice a sí mismo, éste es el que quiero,
al puerto regreso contigo sino muerto.

Al tercer día la bestia al fin desiste,
dando tumbos y saltos su vida termina,
y el viejo regresa feliz hasta el puerto,
con la bestia domada, él ya tiene el sustento.


Julio C. Herrera

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Publicado el: 16-06-2003
Última modificación: 00-00-0000


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