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El Betunero Filósofo

Entró el otoño,
y las primeras nieblas apresuraban el paso.
Con su típica finura,
y su refinado encanto,
rozaban a modo de caricia,
el rostro de aquel hombre.
Betunaba zapatos y pensaba.
Por lo primero, cinco pesos.
Por lo segundo, una sonrisa.
Las hojas también acompañaban,
alfombrando la vida,
aflorando en aquel hombre,
la "sofía" que todos llevamos dentro.
Entre zapato y zapato, un pensamiento,
Pitágoras y la armonía del número,
Demócrito y los confines del átomo,
en las motas de polvo que cuidan ausencias.
Parménides con su lúgubre ser en el Proemio.
¿Y que decir de Sócrates,
que encadenado a la palabra,
nunca escribió un poema?
y acusado de impiedad,
tuvo que tomar cicuta, y morir.
Entre zapato y zapato,
un pensamiento,
preguntas y respuestas.
Nuestro betunero,
llevaba un libro entre sus cosas,
y otro en el alma,
el de más páginas lo llevaba en el alma.
El griego platón también se hizo presente,
en sus reales ideas,
com el ingenioso mito de la caverna,
en los reyes filósofos,
en aquella república imaginaria,
que afortunadamente nunca llegaría.
Nuestro betunero se llamaba Aristóteles,
como el de las cuatro causas,
y las primeras tablas taxonómicas,
y era observador por esencia,
y describió la tierra
como el centro de todo el universo,
pero nuestro betunero la veía mas,
y conocía de fondo el pensamiento,
y siempre sintió curiosidad por el binomio,
griegos o cristianos,
El santo agustín hijo de Mónica
o el aristótelico Tomas de Aquino,
de la Summa Teológica.
Gustaba al betunero la negra modelo,
pero si no había,
también servía la sol o la victoria,
pero pura, sin michelar.
Y entre trago y trago,
descubrio una verdad
que se escribío en la historia.
Los Griegos Platón y Aristóteles,
y los santos Agustín y Tomas,
fundieron pensamientos,
y tendieron una trampa a los cristianos,
que perduró en el tiempo.
Y por eso el alma cobró tanta importancia.
Pero hubieron dos valientes,
el veleta Giordano Bruno,
mujeriego y Panteista,
por lo cual lo quemaron en la hoguera,
y el científico Sr. Galileo que estuvo, preso tanto tiempo,
y por amor a Dios,
puso a su perro a mirar la luna,
a través del cristal del telescopio.
Nuestro betunero era alegre,
y vestía la ropa del pobre,
sin marca ni etiquetas,
y no necesitaba del cálculo infinitesimal
de Newton para limpiar los zapatos,
y dejarlos brillantes como la inocencia.
Abrió su libro,
el que llevaba entre sus cosas,
y encontró una frase del ingles Hume,
que despotricara del tratado del alma,
y le gustó más por su fondo
que por su forma, pues él,
al igual que el Sr. Obispo Berkeley,
Locke el de la tábula rasa, y Hume,
eran escepticos, por su empirismo,
que viene del vocablo "empiro" y,
significa experiencia.
Y en resumen para un niño,
viene a significar que el conocimiento,
sólo puede venir de la experiencia.
Inquieto por ello,
con las manos machadas de tanto zapato,
quedó pensativo,
y ¡exclamó!
¿Será tan cierto lo que dice?
¿Vendrá el conocimiento
desde la experiencia?
¿O tal vez vendrá de la razón,
como afirmó aquel alegre matemático,
que solían llamar Descartes?
Y que un día hizo dos sentencias:
"Pienso, luego existo" o con más fortuna:
"El corazón tiene razones que la razón no entiende".
Era admirable la manera de pensar
de este Aristóteles de profesión Betunero.
Pero él sabía lo que se traía entre manos,
Por eso busco respuestas,
en aquel libro de durísima lectura,
que escribió durante veinte largos años,
Emmanuel Kant el filósofo más grande de toda la historia,
según como se mire...
"La crítica de la razón pura",
donde venía a sentenciar,
que la metafísica,
como pretendida ciencia era imposible.
El señor D, Emmanuel,
a traves de sus famosas antinomias,
afirmaba entre otras cosas,
que el mundo tuvo un principio en el tiempo,
y logró demostrarlo,
la pena fue,
que tambien demostró,
que el mundo
no tenía un principio en el tiempo.
¡Madre mía, expreso el betunero.
¡Aquí me quedo!!
Se hizo de noche,
Y se llevó a su casa,
cerquita de la plaza de San Miguel Arcángel,
en la Chula Puebla de los Angeles,
en una casa medio en ruinas,
de estilo colonial y en proceso de deshaucio
Los pesos que ganó,
muchas sonrisas,
y los dos libros,
el que estaba entre sus cosas,
y el que escribió en su alma.

(Queridos lectores, amigos, disculpen lo largo de este medio poema...Lo dedico a todos los Mexicanos, y a una Poblana muy dulce y cariñosa por nombre Maru, mi esposa)


Fernando Pérez.

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Publicado el: 23-09-2003
Última modificación: 24-09-2003


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