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LA DILUCIÓN DE LA PALABRA

Elania, que vienes desde un horizonte/ con graditas/
por donde bajas con tus piecitos para darle sabor al mundo/
me contabas que una bisabuela tuya
recibía cartas del marino Knut, noruego de Cristianía.

Me decías que, al leerlas, melancolías se impregnaban en ella
y le salían auroras por los claros ojos.

Yo también te escribía cartas.

¿Recuerdas aquellas que te envié desde ésa comarca
a donde fui a buscar atalayas/
donde un azul le daba de beber a lo vertical?

Es extraño, pero deben haberte melancolizado
porque te has traído un pedacito de mañana en tu cabellera.

Yo sólo te enviaba palabras diluidas en agua de ansiar
y ahora vienes con tus ojos donde jilgueritos retozan/
donde enciéndense brillos que te tiñen de celeste melodía el vestido/
y llegas ceñida con las palabritas que vienen y te desatan toda.

Cuando vienes enfilas directo a mi costado
y casi al unísono un colibrí enfila su corazón
al rojo mismito de tus labios que destilan néctares,
donde flotan y burbujean tus cálidas palabras.

La dilución de la palabra en agua de ansiar/
(para que discurras y te vistas de reflejos)
es ahora el único camino para llegar a ti/
para beberte toda azul como cielo de amar.

Las palabras a veces vienen dromedarias/ nómades/
decantadas de algún exótico sortilegio.

Sahúman sus aromas a sándalo, canela y pachulí.
Instalan sus tiendas en mis arenales/
mientras una media luna es izada por el viento.

Frenéticas entonces danzan con los espejismos/
mientras quimeras odaliscas llegan con sus velos.

Y las historias ignotas acerca de balleneros/
mares gélidos y llantos de cetáceos/ que me contabas/
¿también las heredaste de aquellas cartas centenarias?

Historias también hay que diluir para que te derrames sobre mí.

Como las historias del tío Julito después de almuerzo.

Él relataba y sacudía los árboles genealógicos.
Nísperos caían y la mesa empezaba a llenarse de esos frutos.

Yo le escuchaba absorto y me comía todos los que podía/
hasta que venía tía Pilar y rezondraba al pobre tío.

Que se deje de contar historias y armar árboles/ nos decía/
y que despabilemos ya para ver qué hacer con tanto níspero derramado.

¡Ah! qué deliciosos sabían los nísperos en el huerto de las abuelas.

También eran deliciosas las semillas cocidas de habichuelas y maicitos.
Tía Elvira se las comía todas ejerciendo privilegios sibaritas
del blasón que le había sido concedido de nacimiento.

El tío Julito, oscuro y bajito, sin ningún heráldico derecho/
poníase semillitas en las fosas nasales/ espantaba a la tía/
y se comía el plato que ella dejaba mientras huía en son de queja.

Semillitas pasan cuando me miras absorta/
escuchando las historias que desgrano.

Pasa también un hipopótamo amarillo.

Ya te dije que estos paquidermos son así/
llegan, interrumpen y despliegan nomás orondos sus corpulencias.

La otra noche diluí unas palabras en saliva de querer
y escribí con mis labios unos grafittis en mi almohada/
mientras dormía onirizando/ decían:

“que vivan tus siemprevivas, Elania,
con tu enredadera teje tu nombre en mi corteza/
y abárcame ya recorriendo todo mi contorno”


Beto Hermoza

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Publicado el: 15-01-2004
Última modificación: 00-00-0000


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