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DISCURSO DE UN BRETÓN PARA APACIGUAR A LAS CALÉNDULAS

                         “La tarde suspendía armas blancas sobre nuestras cabezas,
                         El ardor quemaba a las mujeres,
                         Lloraban, gritaban como bestias,
                         Los hombres inquietos se habían puesto de rodillas”

                                        PAUL ELUARD


Un ánade bretón que desdobla su salario inconcluso/
entre aletear y ofrendar sus plumas/
ha destituido a su sombra como guardiana de su corazón.

Un corazón desatado así es porque no lo han vigilado/
o le han dado de amar impunemente.

Y ese corazón desmedido y librepensador se ha estrujado a una caléndula/
le ha absorbido todo el querer para sí/
y después la ha dejado como simple flor ardida.

Las caléndulas han manifestado su enojo negándose a los poetas/
y han formado un comité de protesta.

En su manifiesto han degradado al emplumado bretón
a su condición de pálido escarabajo.

El bretón entonces ha agarrado de las solapas a su corazón y le dice:

¡Oye tú, insensato, ¿qué has hecho?/ ¿por qué me haces sufrir?!

Y dirigiéndose a las caléndulas alega:

¡Oh, dulces hermanas de la luna,
entiendan a este pobre corazón que no sabe lo que hace!

¡Este insensato ha bebido de lo inasible/
sin el consentimiento de los aires/ de los vientos/ de lo celeste/
que sustentan nuestros vuelos!

Ha ardido con una de ustedes, sí, pero...

¿acaso no arden ustedes también cuando os miran los poetas?
¿quién no se enternece ante una pupila abandonada por los colibríes?

Y el hambre consagrada/ ¿no se apacigua acaso con los pétalos?
¿acaso a la ternura que pía se le da alacranes?
¿y la llamarada que asciende acaso no afiebra a los colores?

¡Quién no ha amado que secrete la primera diatriba!

¿Qué habrán replicado las caléndulas ante eso?

Nadie lo sabe...

Sólo se sabe que las caléndulas y los poetas retozan otra vez
en ése mar de miradas que baña las playas azules de la poesía.

Todo sigue entonces normal como antes...

Pero en algún lugar que da al flanco izquierdo que se estremece/
a estas altas horas del alma/ está amaneciendo ya la tristeza/
allí, un escarabajo mira a los cuatro costados/
y cuando tiene la certeza que nadie lo ve/
sacude sus alas de ánade y mira perdidamente al horizonte...

Y se pregunta dónde estará su caléndula desterrada.


Beto Hermoza

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Publicado el: 28-02-2004
Última modificación: 28-02-2004


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