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Version: Lobo (Cuento)

Abro mis ojos y no puedo ver nada. Esta líquida oscuridad que me abraza y me congela se está haciendo insoportable. ¿Cómo llegué a esta situación? Dios mío. Siento como si se me abriese el pecho por los pulmones hinchados de tanta agua tragada. Y aunque cuando podría haber intentado subir, hace dos minutos, las piedras en mi estómago, impiden que despegue mi maltrecho cuerpo del piso. Y es aquí, bajo el agua cuando la noche de mi vida me impera. Y es ahora que me desespera la duda porque no sé bien como llegué aquí, que recuerdo.

Estoy seguro de que no eran más de las cuatro de la tarde porque la teleserie brasileña no había terminado cuando dejé mi guarida para ir a esperar nada en la esquina de San Martín con O\'Carrol. Estaba observándolo todo apoyado en un poste, cuando de pronto, pasó ella. Ella. Con su apariencia tan dulce e inocente, pero un curioso destello en sus ojos decía de otras historias. La había visto antes, ese cabello rubio, contrastando su parka roja, con la capucha bien puesta por el clima de septiembre. Siempre la había mirado mucho. Pero, ¡ay, de mí! Este día cruel, que justo hoy tenía ella que hablarme, a Mí, que soy la clase de persona de la cual su madre seguramente le advertía no se acercase ni hablase y en esta suposición no hay error.
- Disculpe, Señor.- Dijo con su voz de almíbar, mientras yo me sonrojaba como un estúpido colegial.
- ¿Sí, niña?- Respondí con el pecho inflado y mirándole de reojo.
- ¿Me podría decir que locomoción tengo que tomar para ir a Bombero Villalobos con Héctor Zamorano?
- ¿Por qué? ¿Quién vive ahí?- Pregunté sin saber bien porqué
- Ehmm... Mi abuela. En la casa esquí... - Se interrumpió - No se supone que hable con extraños.
- Me imagino- Dije yo con falsa comprensión - De todos modos, yo conozco a tu abuela- La situación había llegado demasiado lejos.
- ¡Ah!, ¿Sí? Pues... ¿Cómo se llama?- Dijo ella un tanto incrédula y otro tanto nerviosa.
Tratando de adivinar dije: -María.- Ella me miró lamentando que hubiese acertado. En ese momento le agradecí al azar por la coincidencia pero ahora, lamento los designios del destino.
Maquiné, entonces, un horrible plan y me decidí a obrar según él. Y para que funcionase debía predisponer las circunstancias, así que le dije:
- Mira, niñita. Para llegar a la casa de tu abuela tienes que tomar una micro manzanal. Que te dejará a una cuadra de tu destino.
Ella me miró desconfiada por unos momentos pero luego asintió con la cabeza, dijo `Gracias´, dio media vuelta y se fue.
Esperé a que se montara en el transporte que le había sugerido e inmediatamente me subí a un colectivo que demoraría por lo menos 15 minutos menos en dejarme en la puerta misma de la casa de quien sería mi primera víctima del día.
Era una pobre vieja que no veía mucho y que apenas podía caminar. Le tomó lo que me pareció una eternidad en llegar a la puerta y abrirme. Era tan patética la señora que casi me dio lástima comérmela. Dije `Casi´.
Después de comerla, toda de un solo bocado, fui hasta su habitación, saqué una de sus batas de dormir y me acosté con las sábanas hasta los ojos.
Llevaba poco tiempo acostado cuando pude ver a través del ventanal una muchacha en una inconfundible parka roja.
Golpeó un par de veces la puerta que yo deliberadamente había dejado abierta y al notar esto ella comenzó a avanzar dentro de la casa.
En esos momentos me abordó un gigantesco nerviosismo que por poco hace estallar una carcajada en mi voz. No estaba seguro de qué haría en el momento en que ella entrara por el umbral. Pero ya metido en el embrollo, comérmela me pareció la opción más lógica. Y eso hice. En cuanto asomaban apenas sus pies en el marco de la puerta me arrojé encima de su pequeño cuerpo. La tuve debajo mío por un minuto, sujetándole las muñecas fuertemente contra el piso con mis brazos peludos. Ella quedó un poco aturdida por el golpe, supongo, pero apenas pudo, me reconoció y me dio una mirada de odio, la mirada más terrible que jamás me habían propinado.
Teniéndola en aquella posición no pude contenerme así qué lamí su rostro con mi larga lengua. Ella reflejó su asco en una expresión facial arriscando la nariz y entrecerrando los ojos, luego reemplazó el gesto con una sonrisa burlona (inapropiada para su situación) y me dijo con tono sarcástico: - ¡Qué dientes tan grandes tienes... `abuelita´!.
Eso me produjo una sensación narcótica entre excitación y enojo. Le lamí de nuevo, esta vez todo el cuello. Pero ella no sonrío, ni hizo ningún tipo de comentario. Lloró. Entonces me sentí ruin, bajo. Como el más pisoteado chicle que se te pueda pegar en el zapato.
Abrí mis fauces y sin medir consecuencias la engullí también a ella.

Ya acabado mi siniestro festín me dirigí hacia la cama con el enorme peso de dos personas enteras dentro de mi barriga. Me volví a acostar. Sintiéndome como si nunca pudiese volver a levantarme otra vez. El peso me aplastaba contra la cama. Me quedé ahí unos minutos, hasta que, sin darme cuenta, caí en un profundo sueño.
Cuando desperté ya estaba en esta situación deplorable. Sumergido completamente en el agua y con el estómago lleno de piedras. Sin poder hacer nada para salvarme.

Aconteció que, mientras dormía, llegó a la casa de la abuela un vecino al que le había parecido haber escuchado ruidos raros en la casa de la `pobre señora María´. Entró sin problemas porque la niña de la parka roja no había cerrado la puerta tras pasar por ella. Cuando el vecino vio la espantosa escena que había montado en la habitación principal se horrorizó. Y sin motivo aparente decidió tomar la justicia en sus manos y hacer algo para hacerme pagar por mi crimen. Estaba a punto de cortarme la cabeza con la misma hacha que mantenía en su casa para cortar los leños de la bosca, cuando notó que el exuberante bulto en mi abdomen se movía. Así que, en vez de cortar mi cabeza, abrió mi vientre y saco de él a la abuelita y a la chica completamente conscientes, aunque no totalmente ilesas, ambas estaban un poco quemadas por los ácidos estomacales, estaban digamos... `medio digeridas´.
Las mujeres se quedaron mirándome por unos momentos. Que horrible espectáculo. Un lobo inconsciente, con la lengua cayéndole por una de las comisuras del hocico, abierto en dos, acostado sobre el manchado cubrecamas que solía ser blanco.
Supongo que no les pareció suficiente el sencillamente matarme, porque por alguna razón decidieron no sólo lanzarme en una acequia sino que además llenar mi barriga con piedras y luego zurcir la incisión que abarcaba prácticamente todo mi torso, sólo por si acaso me despertaba y se me ocurría intentar salir del agua.
La mente sádica del leñador diseñó el plan, la muchacha fue por las piedras y la abuelita, experimentada en la labor, me cosió la herida.
Esperaron a que oscureciera y cuando no vieron moros en la costa, tomaron mi cuerpo y lo lanzaron dentro de una acequia cercana.
Y aquí estoy yo ahora. Sin salida, ni salvación , ni aire.

Cuando me levanté por la mañana creo que presentí que este no sería mi día, pero esto definitivamente no me lo esperaba.


Orestes

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Publicado el: 03-09-2001
Última modificación: 00-00-0000


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